Hace un par de años,
durante una visita de trabajo a Israel, conocí a uno de esos héroes anónimos
del Holocausto que con unas pocas palabras sobre su trágica experiencia
personal pueden darle un vuelco a la perspectiva que uno tiene sobre la
condición humana y la vida. Había perdido a toda su familia en el campo de
concentración de Auschwitz, en Polonia, salvo a un hermano menor que sobrevivió
y que luego se disparó décadas de comunismo. El, en cambio, logró escapar muy
joven a Israel, en cuyas fuerzas armadas sirvió y donde estudió. Se reencontró
con su hermano décadas después. Y a sus robustos 90 años se dedicaba a dar
charlas a periodistas y otros extranjeros que, como yo, visitaban Israel. Pero lo
más importante es que, año tras año, organizaba excursiones escolares al campo
de concentración de Auschwitz donde los nazis habían exterminado a sus padres,
hermanas, tíos, primos y a otro millón cien mil personas, el 90 por ciento de
ellas judíos polacos y del resto de Europa. La memoria de esos crímenes
impagables le daba fuerza y propósito a su vida.
El Holocausto fue la
caída bíblica de la Humanidad en la era moderna. Y su mayor símbolo terrorífico
fue Auschwitz. En los crematorios de sus dos campamentos los nazis también
exterminaron a miles de polacos, rusos y gitanos y a unos 400 Testigos de
Jehová, entre muchos otros inocentes. Hoy esa historia terrible se preserva en
el museo que lleva su nombre, el cual visitan millón y medio de personas del mundo
entero cada año. Es alentador saber que tanta gente entiende la importancia de
asomarse a los horrores del tristemente célebre campo de concentración nazi. Y
que muchos son norteamericanos ansiosos por comprender y evocar lo que allí
sucedió.
Pero hoy el museo de
Auschwitz necesita la ayuda diligente y sostenida de los gobiernos
democráticos. Sus directores han creado un fondo internacional de 120 millones
de euros para preservarlo. Alemania, como debe ser dada su responsabilidad
histórica en los hechos, ha aportado ya la mitad de ese dinero. Otros 30 países
han abonado otra parte. Sin embargo, el museo aún necesita 20 millones de
euros. Y sobre todo el compromiso sostenido de nuestras democracias de que
continuarán aportando aunque sea una ayuda mínima a la institución que se ha
convertido en símbolo de la resistencia ante la maldad, la estupidez y los
crímenes de estado que no cesan.
La campaña para salvar a
Auschwitz de la destrucción y del olvido va adquiriendo carácter de urgencia a
medida que desaparecen las víctimas y sus verdugos. Durante décadas, el
testimonio de los sobrevivientes nos ha acompañado como un duro recordatorio de
hasta dónde es capaz de descender la humanidad envilecida. También nos hemos
nutrido de informaciones provenientes de la cacería de los nazis que allí
encarcelaron, torturaron y asesinaron a mujeres, hombres y niños. El más
reciente capítulo de esa cacería se escribe entre Alemania y Canadá, donde el
juez alemán y buscador de nazis, Thomas Walther, prepara un proceso contra
Oskar Groening, el militar nazi que llevaba los libros de contabilidad de
Auschwitz. Groening asegura que solo hacía cuentas aunque reconoce que creía en
la necesidad de exterminar a los judíos. Pero algunos sobrevivientes lo
recuerdan bien comprometido en los crímenes.
Es tan pronunciada la
tendencia humana a cometer los mismos errores y monstruosidades a nombre de
cualquier ideología o superstición, que debemos plantearnos la preservación de
casas del horror, como Auschwitz, como una cuestión imperativa de
autopreservación de la especie. La gente suele acordarse de los agravios que
sufre y olvidar los que perpetra, especialmente cuando los perpetra contra
inocentes. Por eso debemos asegurarnos de que las lecciones del Holocausto no
dependan solamente de nuestra frágil y selectiva memoria. “Tenemos la
convicción de que cuando la gente se haya ido gritarán las piedras”, dice
Wladyslaw Bartoszewski, ex prisionero de Auschwitz quien lucha por preservar el
museo. Luego advierte: “cuando no permanece ninguna huella tangible los
acontecimientos del pasado caen en el olvido”. Y el olvido es el mejor aliado
no solo de los grandes criminales de hoy sino también de los del futuro.
La fábrica de la muerte
21/Nov/2014
El Nuevo Herald